Perfil del emigrante
Este es hoy día el perfil más común de la emigración ilegal. En los albergues de emigrantes a lo largo de la frontera no se ven recién llegados en busca de una vida mejor, sino ilegales veteranos: mujeres y hombres de mayor edad, a menudo deportados, que afrontan cada vez peores riesgos por volver a sus familias en EE.UU., un país que consideran su hogar.
Este grupo representa enorme reto para las autoridades estadounidenses, porque no cejan en su emigración al norte a pesar de los más severos obstáculos de la historia reciente. Y no es sólo que la economía de Estados Unidos tiene poco que ofrecer; la propia frontera es mucho más amenazante.
Por un lado aumentaron las cercas y se multiplicaron los agentes; por el otro, los criminales azolan a cada vuelta del trayecto.
Aunque estos factores -y mejores oportunidades en casa- han reducido la emigración ilegal desde México a su más bajo nivel en décadas, no son suficientes para asustar a un grupo tan numeroso como decidido.
”Lo hemos reducido al lote más difícil”, manifestó Christopher Sabatini, director de políticas del Concejo de las Américas. En efecto, 56% de las capturas en la frontera con México en 2010 correspondieron a personas que habían sido atrapadas antes, un alza de 44% respecto a 2005.
En recientes años un creciente porcentaje de deportados ya lo había sido con anterioridad, de acuerdo con cifras del departamento de Seguridad Nacional.
Para el gobierno del presidente Barack Obama, estos reincidentes se han vuelto alta prioridad. Los procesos por volver a entrar ilegalmente se han disparado más de dos tercios desde 2008. Funcionarios señalan que es el delito federal más procesado.
Obama ya deportó a 1.1 millones de inmigrantes -más que cualquier presidente desde Dwight D. Eisenhower- y según funcionarios las cifras no declinarán.
En momentos en que la dinámica de inmigración cambia, activistas de todo tipo critican cada vez con más frecuencia si tiene sentido esta estrategia, definida desde los ataques terroristas de septiembre de 2001.
La deportación es cara, pues al gobierno le cuesta por lo menos 12,500 dólares por persona, y a menudo no funciona. De octubre de 2008 al 22 de julio pasado, la oficina de Control de Inmigración y Aduanas gastó 2,250 millones de dólares en enviar de vuelta a casa a 180,229 personas que habían sido deportadas antes.
Algunos grupos a favor de reducir la inmigración afirman que dificultarle la vida a los ilegales en este país sería más eficiente. Argumentan que además de eliminar las oportunidades de trabajo, exigiendo a los patronos que revisen el estatus migratorio de sus nuevos trabajadores, el Congreso debe prohibir la apertura de cuentas bancarias de indocumentados, incluso se les debe negar hasta las tarjetas de bibliotecas. “Esto reduciría el número de personas que siguen viniendo una y otra vez”, afirmó Bob Dane, vocero de la Federación para una Reforma Migratoria.
La alternativa, según Doris Meissner, máxima funcionaria de migración a mediados de los años 90, es aceptar que los inmigrantes ilegales, como Daniel, “son personas con lazos fundamentales en Estados Unidos, y no en el lugar de donde proceden”.
”Nuestras sociedades están tan profundamente conectadas”, agregó. “Y eso no se refleja en todas nuestras políticas”.
El gobierno reconoce que los inmigrantes como Daniel tienen raíces en Estados Unidos, y por lo general tienen antecedentes limpios. Pero bajo el nuevo plan introducido el mes pasado -la suspensión de deportaciones en casos de baja prioridad, incluyendo inmigrantes que fueron traídos de niños a EE.UU.- a los que cruzan en forman repetida se les trata junto con “criminales y miembros de pandillas”, como “individuos que representan seria amenaza a la seguridad nacional”.
Funcionarios señalaron que lo que se busca es romper el efecto “yo-yo” de personas que vuelven una y otra vez, como señaló el Congreso cuando en 1996 convirtió en delito el reingreso ilegal. Algunos expertos argumentan que este enredo en realidad socava la seguridad.
Luego de una década de deportaciones récord, argumentan los críticos, es cada vez más difícil separar los dos grupos que ahora definen la frontera: criminales profesionales e inmigrantes experimentados motivados por lazos familiares en Estados Unidos.”Si uno piensa que los narcotraficantes y los terroristas son mucho más peligrosos que las mucamas y los jardineros, entonces debemos darles a estos últimos tantas visas como sea posible, para que podamos enfocarnos en la amenaza real”, sostuvo David Shirk, director del Instituto Transfronteras de la Universidad de San Diego. “Ensanchando las puertas se reforzarán las paredes”. Crimen fronterizo Hace una o dos décadas quienes cruzaban la frontera por Arizona eran muchos más, pero menos peligrosos.
David Jimarez, un agente de la Patrulla Fronteriza con años de experiencia en el sur de Tucson, recuerda que aún cuando los ilegales superaban a los agentes en proporción de 25 a 1, no ofrecían resistencia. “Se sentaban a esperarnos”, dijo. En los últimos años la ecuación ha cambiado, y en la mezcla hay más contrabandistas y otros delincuentes, aunque aún hay sustantivo número de inmigrantes. Los impactos son de largo alcance.
En México, menos inmigración significa menos negocios. Pueblos fronterizos como Agua Prieta, desde hace tiempo conocido como punto de partida, se vuelve un pueblo fantasma. Los taxis que llevaban a los emigrantes a las montañas ahora acumulan polvo. Restaurantes y hoteles lucen prácticamente vacíos.
En el céntrico hotel Girasol, sólo tres de los 50 cuartos estaban ocupados hace unos días. “En 2000 estábamos llenos todos los días”, señala el gerente, Alejandro Rocha. Investigaciones de la Universidad de California, en San Diego, revelan que para los mexicanos que piensan en emigrar, la delincuencia organizada es su mayor preocupación. Muchos guías de emigrantes, los llamados coyotes, han tenido que buscar otro trabajo.
En Tijuana, un conocido coyote ahora vende llantas. En Nogales, la mayor ciudad mexicana en la frontera con Arizona, el poder ahora reside en jóvenes tatuados que vigilan la frontera con costosos binoculares, en tanto que aquí, en Agua Prieta -donde se dice que el tráfico de personas es hoy un tercio de lo que alguna vez fue- la única forma de cruzar “al otro lado” es tratar con pandillas que algunas veces obligan a los emigrantes a llevar drogas.
La situación es peor en Matamoros, frente a Brownsville Texas. Sólo pararse junto a la barda fronteriza hace salir a integrantes de los carteles de la droga que exigen 300 dólares para permitir el paso.
Migrantes y organizaciones de apoyo dicen que los lugartenientes de los carteles rondan por los albergues en busca de deportados dispuestos a trabajar como vigías, con un sueldo semanal de 400 dólares, hasta que junten suficiente para el pasaje hacia el norte. “Pensé en hacerlo también”, revela Daniel. “Pero luego pensé en mi familia”.